El puerto
En 1965, Ibiza era un rincón del Mediterráneo donde el tiempo parecía ir más despacio. La vida en la isla seguía girando en torno a la **agricultura, la pesca y la artesanía**. Los campos estaban salpicados de almendros, algarrobos y olivos, y las casas payesas, con sus gruesos muros blancos, ofrecían sombra y frescor en los calurosos veranos. La electricidad y el agua corriente aún no llegaban a todas partes, pero nadie parecía tener prisa. El mar, con sus tonos turquesa, seguía siendo el gran proveedor de sustento para muchas familias.
Pero algo estaba cambiando. En las pequeñas calas y en las calles empedradas de Dalt Vila comenzaban a aparecer viajeros con mochilas al hombro, soñadores llegados de Francia, Alemania o Inglaterra, atraídos por la belleza salvaje de la isla y su ambiente libre. Eran los primeros *hippies*, artistas y bohemios que encontraban en Ibiza un refugio lejos del ruido del mundo. Traían consigo música, nuevas formas de vestir y una mentalidad diferente. Aunque el turismo aún era modesto, ya empezaban a abrirse los primeros hostales y restaurantes para acoger a estos visitantes curiosos.
Las fiestas seguían siendo el corazón de la vida ibicenca. Las celebraciones de **Sant Joan**, con sus hogueras mágicas, y las festividades de los distintos pueblos mantenían vivas las tradiciones. El *ball pagès*, con sus saltos y giros ancestrales, seguía marcando el ritmo de las reuniones, mientras los mayores contaban historias al calor de la chimenea. La Ibiza de 1965 era aún un paraíso secreto, una isla donde la tradición y la modernidad empezaban a entrelazarse, sin que nadie imaginara la revolución turística que estaba por venir.
Pero algo estaba cambiando. En las pequeñas calas y en las calles empedradas de Dalt Vila comenzaban a aparecer viajeros con mochilas al hombro, soñadores llegados de Francia, Alemania o Inglaterra, atraídos por la belleza salvaje de la isla y su ambiente libre. Eran los primeros *hippies*, artistas y bohemios que encontraban en Ibiza un refugio lejos del ruido del mundo. Traían consigo música, nuevas formas de vestir y una mentalidad diferente. Aunque el turismo aún era modesto, ya empezaban a abrirse los primeros hostales y restaurantes para acoger a estos visitantes curiosos.
Las fiestas seguían siendo el corazón de la vida ibicenca. Las celebraciones de **Sant Joan**, con sus hogueras mágicas, y las festividades de los distintos pueblos mantenían vivas las tradiciones. El *ball pagès*, con sus saltos y giros ancestrales, seguía marcando el ritmo de las reuniones, mientras los mayores contaban historias al calor de la chimenea. La Ibiza de 1965 era aún un paraíso secreto, una isla donde la tradición y la modernidad empezaban a entrelazarse, sin que nadie imaginara la revolución turística que estaba por venir.
Architecture
Boat
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Waterfront
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Contributed by JOSE M LOPEZ on March 30, 2025
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